La historia no contada del cerro de la bufá
F.R.C. Juan Fco.
El siguiente texto es una creación literaria para enmarcar eventos que la tradicional leyenda de la bufa de Quanaxcuato no explica. No tiene soporte historico que pueda apoyarlo.
Sin embargo, ante muchas dudas no concluidas en la leyenda original, comparto contigo esa opción.

Juan, el viejo purépecha se acostó en la orilla del río que serpenteaba para escapar de la bufa ante la estruendosa algarabía que precedía llegada de peregrinos. Sus cansados ojos empañados de recuerdos se elevaron a la piedra que ahoga un eterno grito de dolor mientras que el sudor aliviaba el cúmulo de sangre acumulada en su frente.

Ante la espectral imagen, los ecos de su abuelo se apoderaron de sus recuerdos;
–Si quieres esconder una verdad, muéstrala a todos. Nadie es más ciego que aquel que ha decidido no mirar.
Era como si su tata estuviera ahí. Recordaba ese relato que seguía tan desconcertante como la primera vez que lo escuchó, un preámbulo escalofriante antes que le revelara a Juan su misión.
Miré mijo. – Las palabras brotaban de los escondrijos de la mente del purépecha mientras recordaba los ojos serios y profundos del tata y como su mano delgada señalaba al horizonte.
– Más allá de las montañas de fuego, cruzando los valles fértiles, se alza el gran Juata[1]. Aquel que dicen es un volcán de viento[2]. Ese que resguardaba el pueblo mágico donde antaño se reunían los abuelos para aprender. Sus templos, yacatas[3], eran reflejo del sol. Hombres y mujeres llegaban para reposar y compartir conocimiento procedente de las luminarias, del Aztlán, del Tollán y de Tzinzunzan. A esos habitantes les llamaron “los hombres de Chupícuaro”, “los del cielo azul” aquellos que aprendieron de los hermanos del cielo.

Dichosos aquellos que ven nacer y pasar a los hombres.
Esa época ya murió. Todo eso se perdió. Los salvajes venidos del norte le cambiaron nombre a Quanaxcuato, “el lugar monstruoso de ranas”.
Imagínate, donde hubo luz ahora hay sombra, tanta que hasta los hombres de hoy pusieron al Cristo Rey bendiciendo el Bajío pero dándole la espalda al antiguo lugar sagrado.
Nada es azar, te contaré una historia que y pocos conocen.
Hace muchas lunas llegó al lugar un brujo, un sikuame, de los Guachichiles[4] de corazón oscuro. Los tatas lo aceptaron sin saber que con ello echaron su suerte.
El sikuame se obsesionó con la hija del gobernante, el juramuti[5], una princesa bella como regalo del cielo.
Dicen que la luna, antigua moneda de los cielos, iluminaba sus rasgos, y que en el fondo de sus ojos moraba el secreto insondable de las estrellas.
El sikuame deseaba a la princesa como el ahogado ansia aire, solo que la luna no pertenece a los que reptan, la luna está enamorada del sol que le comparte su brillo. Y el brillo era el sacerdote del sol, el petamuti.
Hay mijo, – siguió hablando el abuelo en recuerdos mudos — cuando la bestialidad domina el espíritu actos desgraciados acaecen.
El sikuame intentó conquistar la princesa, fue en vano. Entonces usó la mentira e intriga más aquellos eran tiempos distintos y la verdad brillaba como el sol. Nada mancilló ese amor.
La envidia carcome el espíritu y con siseos maliciosos, furtivamente fue aprisionando al sikuame y asfixiando su mente.
El veneno se distribuía hasta que ese antes, otro hombre medicina, sucumbió al deseo y la envidia.
Y recuerda mijo, “cuando no hay respuesta entre los hombres, la hay de los dioses”.
El sikuame oró y rogó pidiendo saciedad a su dolor y los señores del inframundo respondieron. Dicen que fue allá en las montañas, en esas donde la envidia aun es recordada por dos grandes rocas[6]. Los dioses escucharon y otorgarían la princesa, solo pidiendo en pago sangre derramada sobre la Curapeuperi[7], la montaña sagrada.

El sikuame sabía el pago exigido y no había mejor ofrenda que aquel que era objeto de su mal, el patamuti.
El hombre de corazón oscuro raptó a la princesa el último día de la última limpia del maíz, fecha que los hombres barbados llamarían 30 de julio. Llevó a la mujer a la cueva de la montaña elegida, la Curapeuperi, la Bufá.
Al saberlo el patamuti fue a rescatarla, ya era noche. Los guerreros poco pudieron ante los sortilegios del sikuame y sus aliados no vivos. Muchos murieron, otros dicen que fueron petrificados en las laderas del cerro. Solo el patamuti llegó al destino.
Su amada princesa estaba atada al lado de la fogata. El lugar recibió al recién llegado con esa sensación que congela el alma y estremece huesos y carne. Esa que solo los que han sido convocados más allá de la muerte evocan.

El patamuti se agachó frente a su amada y el destino se selló. Una sombra errante de ceniza y polvo lo sumergió en su opaco laberinto y los párpados cedieron al fin, clausurados por la inescrutable y final fatiga de las cosas. Al despertar su cuerpo estaba inmóvil, enterrado hasta el cuello mientras horrorizado veía como el sikuame, en éxtasis frenético, sucumbía a la corrupción de su sangre.
Todo estaba en su sitio. Su deseo frente a él, atada e indefensa y su enemigo vencido.
Gritos y llantos fueron adornos perdidos de la pureza de la doncella que se mancillaron al caer su vestimenta. El patamuti gritó de dolor y mudas lágrimas bañaron la tierra. Aullidos de postreros, vanos y perdidos en la cumbre del cerro sagrado. Ningún hombre oyó o repondió, solo lo hizo la gran madre Curapeuperi[8]
Luego de la ofenza, con el rostro elevado al cielo y rogando a los señores justicia, la vida del petamuti se extinguió en un grito sofocado que pedía respirar mientras la obsidiana arrebató su último halito de vida.

El sacrificio se consumó mientras los rayos de luna teñían la cara ahora blanquecina de patamuti y desaparecían de la piel mancillada de la doncella. El espectral frío recordaba al sikuame su promesa; la mujer ya era suya. Vio oscuras nubes ocultando el cielo y apaciguado el fuero de la envidia, y saciada su bestialidad, se recostó sobre el ahora impío suelo de la cueva.
Lágrimas de la ultrajada doncella se mezclaban con los tintes infames de hebras rojas y blancas que emanaba de su entrepierna una mezcla lasciva que en un indicaba un bautizo y al mismo tiempo maldecía la tierra antes bendita.
La Curapeuperi sintió el ultraje a la princesa como a ella misma y maldijo la aldea y al sikuame jurando que hasta que la doncella no fuera redimida tampoco lo sería esa tierra.
La mujer enfurecida por el dolor tomó la daga que ejecutó la vida de su amado e impartió igual suerte a su asesino al tiempo que sombras mortíferas sonreían en las frías oquedades del maldecido socavón.
El dolor dominaba su mente. Solo quería correr, escapar del dolor y la tragedia, dicen que aun sus lágrimas escapan en serpenteantes caídas hasta inundando las tierras bajas.
Hay mijo, la vida siempre nos alcanza. –Decía la voz ausente del abuelo–
Resbaló del risco y la Curapeuperi en un piadoso abraso la tomó en sus entrañas en espera a ser reinvidicada.
La madre amorosa fue despiadada con el sikuame a quien convirtió en recuerdo viviente de la ofensa, testigo mudo de tiempos que seguirán pasando sin encontrar paz. Su castigo aún se puede observar, muchos lo llaman, el pastor.
La Juata poderosa también estaba mancillada. En su enojo calló y se replegó y con ella la sabiduría de las estrellas se perdió y la gloria dorada de las yácatas se apagó.
Cuando los hombres barbados tomaron esas tierras tomaron las historias sobre la montaña diciendo que había una ciudad de oro enterrada, una doncella que tenía que ser liberada llevándose en andas a la basílica de la patrona de la ciudad.
Ante el misterio y terror de la cueva, los barbados trajeron a su hombre Santo, San Ignacio. Aquel que enfrentó y venció al demonio, queriendo con ello apaciguar los espíritus del lugar. Mas ahora tú sabes la verdad mijo. Ese pueblo celebra su fiesta patronal el 31 de Julio, pero no son los únicos. Aún hay sikuames que celebran la ofensa a esa tierra la noche del 30 de julio, aun se reúnen ahí en sus faldas, esa es será tu misión.
Así es la dualidad, en la noche se vive oscuridad, en la mañana luz…
Las voz del tata se apagó conforme la algarabía de los peregrinos se perdía en el camino de la virgen. El purépecha se levantó, sintió nuevamente su corazón acelerado y apresuró su huida.

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