Me disuelvo.

Por Juan Fco.

No veo. No alcanzo a ver.
Sombras fantasmales asoman a mis ojos. Sombras conocidas y a la vez tan ajenas. Rostros llorosos que asoman, sollozos que se pierden en la distancia.
¿A quién le lloran? ¿Por qué lloran? Ecos distantes se revuelcan escurridizos entre el viento y el pasado espiando el presente, esquivando el futuro.
Mi pecho inhala el dolor lancinante de aire que antes vitalizaba y ahora quema, sin embargo, ya casi no necesito respirar, no tengo necesidad de aire aunque mi cuerpo se estremece en movimientos agónicos que altivamente levantan mi barbilla con orgullo mientras que mi cuello grita como adicto por oxigeno aunque yo, ya no necesito respirar.
Una mano me acaricia; tan cálida, tan trémula, tan viva. Acaricia mi frente y limpia mi rostro del agua cálida y salada que en su recorrido dice tanto, que duele tanto, recuerda tanto.
Quiero buscar a su dueña pero la cabeza pesa. Atlas ha sucumbido ante Gea.
Con convicción de mi voz quiere llamar a la dueña de la mano pero solo consigue gestar el aullar de la caracola. Intento volver a llamar y por segunda vez la caracola canta.
Respiro profundo, tanto como el dolor de los músculos que se desgarran puede tolerar. Aquellos músculos que eran antes fuertes ahora solo son esbozos de lo que fue. He perdido peso, mucho peso, parece que me estoy disolviendo.
Con lo que de ellos quedan respiro y la caracola canta por tercera vez.
Desde las profundidades de la tierra se arrastra el Señor calavera ataviado con penacho verde y rojo, contraste irónico de la vida y la sangre que a mi cuerpo escapan.
Ya no hay sombras, solo su rostro cadavérico que acerca sus ojos a los míos.
Quiero gritar mas no hay fuerza solo un lánguido quejido de efímera existencia.

  • He venido por ti. A la tierra del Mictlán has de ir.
  • Aun no es tiempo. – Dijo una voz que con siseo rompió el cielo.-
  • Tú no eres aquel que decide sobre ello Quetzalcóatl. El macegual ha concluido su ciclo, ve el desierto que mora en su boca.

falla en su decir más era cierto, mi boca atestiguaba el sufrir por agua.


Profundas grietas en ella habían consumido mi saliva y recordé el dolor en los labios partidos, el ansia de sed, esa que pide vida, esa que pide clama por existencia, más de ella ya no había, se había disuelto en sus entrañas.

  • El agua de la vida no está en el cuerpo, sino en el alma hermano mío. – Dijo el Señor de la vida.
  • El macegual no bebió nunca de esa agua, por eso su cuerpo hoy regresa a mis dominios, al Tlaltecutli. Aquello de donde fue construido, será consumido. Polvo eres y al polvo regresarás.
  • Mi Señor en verdad no estás. Este hombre fue visitado por Tezcatlipoca y de su néctar le dio de beber y con él la vida eterna logró.
    Mis ojos claudicaban, las voces y las apariencias de los Señores se diseminaban en la eternidad del tiempo más eran presentes, tan impactantes como la pesadez del aire que apenas jalaba. Estaba casado, muy cansado y aun en el hastío recordé de lo que hablaban.
    Mi cuerpo había crecido como vara que acaba de echar la primera floreada. Me sentía invencible, me sentía que nada me detenía.
    Recuerdo que viajaba en motocicleta. Tantas veces me habían dicho.
  • Muchacho cabezón un día de te vas a matar.
    Más ¿Qué pueden las palabras de los ancianos cuando la verdad de la sangre que late es mayor que la prudencia de las advertencias pesadumbrosas? El viento en la cara, el impulso del corazón que late como el tambor que llaman a los guerreros mientas que pasaba un carro y otro, por la derecha, por la izquierda. ¿Quién podía detenerme? Era fuerte, era guapo, tenía dinero, tenía vida.
    Recuerdo esa tarde, me escapé para ver a mí novia. Tomé la moto, rebasé por la izquierda, luego la derecha, luego el pavimento cortó el camino y con él enfrenté mi destino. Rodé más allá de la barda de contención, un golpe seco, otro más húmedo del que brotó un rio cálido que rodeó mi cabeza y entonces lo vi.
  • La figura sepulcral con cara negra, ojos bordeados con su antifaz verde jade en esos ojos muertos. En esa negrura vi mi vida correr en un segundo; vi a mis padres llorando mi muerte, y sentía sus pensamientos;
  • ¿Qué estaba haciendo? ¿A dónde iba? – Lloraba mi madre.
  • Pobre muchacho.- Decía mi padre que clavaba la cara entre las manos.-
    Veía a todos, escuchaba sus pensamientos, todo era claro y ahí… en la esquina con risa sarcástica el Señor del espejo humeante me mostraba sus espejos diciendo:
  • Recuerda que vas a morir.
    Y recordaba con voz retumbante:
  • Mortal, conócete a ti mismo.
    Pero no morí, llegué hasta aquí, hasta este momento de mi ancianidad. Cuantas veces olvide, cuantas veces pensé que no iba a morir…
    Me decía mientras que los señores seguían dialogando.
  • Mi señor Quetzalcoátl, aunque el Macegual tuvo la oportunidad no la reconoció. Omitió vivir, decidió caer en la ilusión de los hombres aun cuando Tezcatlipoca le enseñó la verdad de los dioses. ¡Hoy él me pertenece!
  • No te puede pertenecer, el macegual no ha muerto. – Respondió la serpiente.-
  • Muerto está ya mi señor aun cuando el despojo pelea por vivir. Tontos mortales que aun sabiendo la inminencia de la llegada a mi reino pelean hasta el último aliento. Ve mi señor, el fuego está apagando su athanor.
    Sus palabras me remitieron a recordar el frío de me recorría desde los pies a la cabeza mientras jadeaba por respirar, mientras la mano que me acariciaba entre sollozos decía;
  • Estás muy frío. Deja que te arrope.
    No podía entender solo sentir su angustía y su dolor y en mi sentía el fuego que se apagaba el eco que se extingue en la inmensidad.
  • El Macegual aprendió mi señor. – Afirmó Quetzalcoatl.
    Y a mi mente llegaron recuerdos de cuando refexioné sobre mi vida.
    Recordé las muchas veces que morí y reviví ante las adversidades, ante los cambios, ante las dudas. Cuantas estaciones y temporales pasé y ante cada una las hojas que me cubrían y empantanaban cayeron y nuevamente renacían. Cuantas veces lloré por aquellos momentos que enterré, por esas personas que perdí, cuantas veces reí por las enseñanzas que aprendí. Y entonces comprendí;
    “El hombre que se ve al espejo aprende que la muerte acecha cada momento y se reconstituye en cada instante para dar paso a la vida nueva“
  • ¡Si¡ – Quise decir – ¡Lo aprendí¡ –
    Mas el peso del aíre era demasiado, muy pesado… sofocante.
    Quise respirar, quise jadear y luego… el aire era demasiado ligero, no necesitaba respirar. Vi al Tezcatlipoca blanco sonreír satisfecho, las figuras espectrales desaparecieron, solo había luz.
    La respiración languideció como el sol al atardecer, como el canto del zenzontle cuando abandona su garganta, así, se disolvió el aire en mi espíritu.

Llantos y sollozos llenaron la habitación, aquellos que estremecen cuando se desgarra el corazón. Abrazos a un objeto inerte que no puede responder.
Un destello me separó del cuerpo, ya no sentía dolor, la última disolución se había producido y ahora podía verme desde aquí, el cuerpo fallecido, ella llorando, otros entrando con una expresión de sorpresa contenida y ahí frente a mi los dos señores.

  • El macegual aprendió mi Señor. – Reafirmó Quetzalcoátl.-
  • El macegual aprendió mi Señor.- Confirmió Micantecutli.-
  • A Mictlán irás y luego a su término en mi reinó entrarás. Un nuevo camino, un nuevo destino, una nueva vida entonces encontrarás. -Me dijo Quetzalcoatl.-
    Respire hondo y recordé al Tezcatlipoca oscuro en la ocasión que nos encontramos. Parecía temible, imponente, sus ojos eran espejos humeantes que me querían mostrar y cuando me vi al espejo, sonrió. El lo sabía.
    En cada momento nacemos, en cada momento morimos, en cada momento renacemos.
    La muerte es solo un paso de una carrera continua, hoy lo sabía.
    Seguí al Señor Micantecutli sabiendo que allá cuando sea solo huesos, el Señor Quetzalcoátl me llamará a una nueva vida.

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