CIUDAD DE DIOSES

POR JUAN FCO

Atepac subió ansioso los escalones que lo conducían a la cima de la pirámide. Había sido elegido le decían, por los dioses.  Hijo de noble cuna, nacido en una noche con luna llena en alineación con la estrella central del cúmulo de donde procedemos, le decían los sacerdotes a sus padres, eran las señales que lo hacían ser elegido para recibir la sabiduría en la Gran Ciudad. Cuando era apenas un niño, empezaron su preparación en la ciudad de Aztlán, y luego, a los 8 años fue llevado en un largo peregrinar a la enorme ciudad de los Dioses. 

Atepac recordaba que después de muchas jornadas de largo caminar por fin llegó a la enorme ciudad. La vista era impresionante para todos y mucho mas para un niño. Recordaba como si fuera ayer. 

Su caravana llegó por la puerta del oeste, por donde llegaban todos los mercaderes de su pueblo y de los pueblos del Norte, los señores de las tierras del Oso les decían.  Esa tarde, llegó escoltado por 4 de los guerreros mñas valientes de su pueblo, de aquellos que custodiaban la familia real, y por Xochiteatl, el sacerdote mas respetado de su tierra. Xochiteatl era un hombre mayor, de unos 40 años, con mirada profunda y piel curtida por el sol, mas que un sacerdotes, parecía uno mas de los guerreros de la tribu, su tamaño era comparable con los guardaespaldas. Se decía que era uno de los hombres mas sabios de ese espacio, y que su sabiduría provenía del contacto con los hermanos mayores, esos que se mostraban en forma de bolas de luz, allá en las montañas que estaban de lo que llamaban las 7 hermanas, a unas cuantas jornadas de viaje de ciudad donde Atepac vivía. 

Por derecho de nacimiento, Atepac debía de ser instruido en las artes de la política y las armas como su casta lo definía, pero los signos de su nacimiento lo tenían marcado como un sacerdote, un iniciado debido a ello muy pronto empezó a conocer esa vida siempre estando a su lado el anciano de Xochitealt. Cuando habrá tenido 6 años, el anciano le habló sobre “los hermanos mayores”, esos que venían de las estrellas y le prometio que a su debido tiempo lo llevaría a conocerlos, “ahí donde las llamas de fuego vivían”. Pero  también le advirtió que antes debía de preparar su espíritu y calmar su mente para poder conocerlos. Una promesa que nunca se llegó a cumplir hasta ese momento. En víspera de su 7 ciclo, sus papás le dijeron que sería llevado a la Ciudad de Los Dioses para aprender en sus escuelas, y a punto de cumplir su 8 ciclo, emprendió el camino con el anciano sacerdote. 

Xochitecatl le dijo que era un privilegio ir a esa ciudad y estar en contacto con los sabios, aquellos que conocían los secretos de los elementos, de las sombras y la luna, los maestros de los días y de los ciclos. Le dijo también, que ahí aprendería sobre los secretos que los hombres guardan en el corazón y la forma en la que se pueden comprender. Que también conforme fuera aprendiendo y con cada una de las decisiones que tomara, lo llevarían a ser tomado por alguno de los sacerdotes en alguno de los cultos, que fuera sabio en sus elecciones. 

– ¿Sabio en las decisiones? – 

Aun esa noche se preguntaba como podría ser sabio en las elecciones. Muchas lunas habían pasado desde entonces y solo había seguido las instrucciones de aquellos sacerdotes de ese espacio. Desde que fue entregado a esa ciudad había pasado aprendiendo sobre el lenguaje, lo más difícil para él, porque había tantos dialectos para hablar en esa ciudad. Al inicio fue llevado a una escuela donde todos hablaban lo que los Teotihuananos llamaban Nahuatl, la lengua de su tierra, pero pronto lo llevaron a conocer lo que las otras tribus hablaban y al final, dos ciclos solares después, le permitieron conocer el lenguaje de los “Padres”, lo que llamaron el lenguaje de los Olmecas, y cuando lo hubo dominado, le enseñaron a leer el lenguaje de las escrituras. 

Aprendió en las grandes escuelas que cada una de las imágenes plasmadas estaba cargada de un intenso simbolismo.  Le decían que la combinación de los sonidos que cada una de las figuras en Olmeca junto con el ritmo que se imprimía en las palabras era en realidad una configuración mágica, que abría puertas, solo que aún, no le enseñaban cómo formarlas o abrirlas. Le dijeron que esa era la forma en la que los “hermanos celestes” enseñaban. Que ellos decían que todo lo que existe es vibración y sonido.  Le gustaba mucho aprender y se imaginaba que estaba aprendiendo cosas muy importantes sin embargo, luego se daba cuenta que todo eran pedazos incomprensibles de una verdad, o tal vez una mentira que aquellos sacerdotes le contaban.  Al final de cuentas, nunca había visto en verdad cómo se podían leer esas escrituras, es más, nunca había estado frente a una de ellas, eran resguardadas en salones secretos en las partes mas sagradas de la ciudad. 

Era mas sencillo cuando le enseñaron como leer los cielos, cómo descifrar sus secretos. Eso le encantaba a Atepac, el poder ver las estrellas, interpretar y conocer los ciclos de la luna y del sol. 

Cuando empezó esa materia estaba muy adelantado, todo ello ya se lo había enseñado Xochiteaclt aun siendo un niño, era sencillo para él leer a las estrellas, pero ahora, con todo lo nuevo aprendido, podía trazar los mapas de ellas. Aprendió que el cielo que veía hoy era distinto al cielo que otros hombres habían visto en el mismo lugar pero hace muchas lunas. Le dijeron que el cielo cambiaba, que se tenía que observar por muchas lunas para comprender que se mueve, y que el cielo que hoy estaba viendo, sería algo que muchas generaciones por venir no podrían volver a ver, mas que otros hombres, en otras eras lo volverían a ver tal como ahora el lo veía.  Comprendió que las estrellas marcaban puntos importantes y que esos puntos eran lugares que los ancianos llamaban como sitio de poder, aunque aun no se le había enseñado porque era así ni que significaba el poder. 

Largas noches los llevaban con los sacerdotes a ver las estrellas y en uno de esos avistamientos, dos ciclos lunares atrás muy entrada la noche, mientras observaba el cielo estrellado, Atepac pudo ver una estrella brillante que se movía entre las otras, una estrella que se aproximaba y se alejaba del lugar donde estaban. Atepac se lo dijo al anciano Calotepan, uno de los maestros más respetados por todos los sacerdotes. 

Calotepan era un hombre extremadamente sabio, de unos 60 años, con piel blanca y con cabellos igual de blancos. Los adultos decían que había sido un elegido, que muchas lunas antes, incluso antes de que llegara a esa ciudad, había sido tocado por los “hermanos mayores”, que lo habían elegido y que le hablaban. Era muy respetado por los de la ciudad, y pocos eran en verdad sus aprendices, entre ellos se hallaba el mismo Xochiteaclt quien aprendió en ese mismo lugar hace mucho, mucho tiempo. 

El avistamiento de la estrella paso desapercibido para la mayoría de los niños y sacerdotes, pero no para el anciano Calotepan. El mismo fue el que esa noche le pidió que Atepac subiera a la pirámide del Dios Serpiente Emplumada. 

Esa misma mañana se presentó ante él y le ordenó que fuera a la cima de la pirámide tan pronto como la luna llegará a bordear la montaña que cubría el oeste, fue enfático que no podría comer nada desde el momento en que el sol llegara a la parte mas alta de la bóveda celeste y que después solo podría ingerir agua. Le pidió que dejara todo en los pies de la pirámide y que fuera puntual en la cita. 

Atepac llegó a la ciudadela al finalizar los últimos rayos del sol, podía ver mas allá, al final del gran camino como en la pirámides de la gran Diosa Madre, los sacerdotes imploraban el regreso del padre Sol en un nuevo ciclo y agradecían por lo que el ciclo solar había dado. Tomó un respiro y empezó a bajar los escalones de los edificios que permitían el paso a la ciudadela, tantas veces se sintió ya un hombre, pero ahora ante el reto de los enormes escalones se dio cuenta que aun era tan solo un niño, alguien que empieza a aprender,  y se sintió sobrecogido de ello, observó a los centinelas que prendían las antorchas para  alumbrar los recintos y a los sacerdotes y a los secretarios retirarse poco a poco a sus aposentos, La tradición dictaba que todas las actividades se detuvieran al caer el Sol y la ciudad obedeció.  Solo él y supo entonces que era un infractor, con culpa y un sentimiento de estar haciendo algo indebido pero emocionante enfiló en medio del silencio hacia el centro de la gran pirámide. Muy pronto se pudo dar cuenta que lo único que hallanaba el silencio era el insolente chasquido de sus sandalias mientras recorría la enorme y ahora muda plazuela. Pronto supo por el imponente silencio, que todos estaban dormidos y le entró mucho miedo. y por primera ocasión reparó en porqué estaba ahí. ¿Obedecía al anciano sacerdote? ¿O simplemente era un curioso y vil infractor? Solo sabía que él debía de estar ahí. El ruido incansable de su corazón cada vez mas agitado competía con el de las sandalias mientras ahora corría. 

– Malditas sandalias se decía mientras quería inútilmente callar su ruido mientras que su corazón competía con ellas, y de pronto, todo quedo en silencio. El insolente chasquido que había sido su compañero ceso, mientras que los tambores que movían su sangre ganaban la carrera, hasta que la cabeza de la serpiente lo paró en seco, la sangre se congeló por un momento. Estaba frente la escalera de la pirámide, la serpiente lo esperaba. 

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